Día Internacional de la Diversidad Biológica

La última hora

La Diversidad Biológica o “Biodiversidad” es la amplia variedad de vida que encontramos sobre la tierra, resultado de cuatro mil millones de años de evolución de miles de especies y resultado también, de las que han ido desapareciendo durante siglos por razones naturales y por acción del hombre.

Por Sabrina Carnéz

El 19 de diciembre de 1994 la Asamblea General de la  Organización de las Naciones Unidas proclamó el 22 de Mayo como el Día Internacional de la Biodiversidad, con el fin de aumentar la comprensión y la conciencia sobre los temas relacionados con esta problemática.

Conservar la diversidad biológica, realizar un uso sustentable de sus componentes y proveer la participación justa de los bienes naturales derivados de los recursos genéticos fueron tres de los pilares esenciales para la creación de este convenio.

La acción del hombre

En  los inicios  de la aparición del hombre, los seres humanos fueron adaptándose al medio, como otra de las especies que vivían en él y también a los desafíos constantes del  entorno, superándose cada vez más para pretender construir una cultura de vida en armonía con sus semejantes y con la naturaleza.

El origen de las culturas que durante siglos fueron emergiendo y transformándose siempre,  acaeció de la mano de la dicotomía hombre-naturaleza, de la cual éstos jamás podrían desprenderse ya que de ella se alimentaban, vestían y comercializaban.

Lo demás ya es historia conocida, de tal modo que llegamos a los tiempos que transitamos ahora, tiempos del capitalismo que nos sumerge y nos  lleva a no dejar de pertenecer a ese circulo del consumismo y la fluidez, tiempo del desorden organizado y las luchas por el “poder ser más” y “tener más”, todo a costa de mucho y que a su vez no nos deja nada.

Despertamos interrogándonos día a día hasta dónde somos capaces de llegar. Desafío que toma el hombre omnipotente y  supremo, todopoderoso, que nada escapa a su alcance y ambicioso con llegar más allá de sus propios límites y el respeto a la vida.

La acción del hombre sobre la naturaleza no tiene frontera. No respeta límite alguno, ni siquiera cuando se pone en juego la vida de los demás. Estamos insertos en un mundo que nos asfixia de humo, nos ahoga de químicos tóxicos, nos aturde de ruidos y nos invade de olores.

El hombre, “los hombres”, plural y singular, ninguno en especial pero todos en particular,  los unos y los otros formamos parte del planeta que habitamos. Sin darnos cuenta somos parte de ello; esa parte que calla, que habla o que se hace oír pero la realidad es esta. Las especies dejan de existir de forma natural cuando no se adaptan al medio en el que viven o son reemplazadas en el lugar por otras cuya adaptación es mejor,

Pensemos la forma en que tratamos nuestros suelos, el desarraigo que abriga la tierra al sentir las raíces arrancadas o el llanto del río al sentir sus aguas oscuras y contaminadas.

Alrededor del 1 % de las especies que alguna vez habitaron la tierra sobreviven actualmente y se conocen aproximadamente 1 7000 000 especies de todo tipo  (desde las bacterias a los animales superiores).

Queda pendiente el uso de la razón. Ese debería ser nuestro desafío: el de lograr el beneficio que cada uno tenga como meta en su vida personal, pero utilizando la inteligencia para no corromper al medio ambiente.

Sin llegar a  creer que las utopías son alcanzables, cómo  imaginar, tal vez, un mundo en donde no se pervierta el uso –o abuso- de los bienes naturales, sino donde  se piense  en proteger el planeta.

La existencia de las especies, su conservación y evolución depende de los factores ambientales que lo hacen posible, pero la intervención del hombre, por el  mal aprovechamiento de los bienes naturales dificulta e interrumpe el camino de la vida y de la multiplicidad de ella.

El derretimiento de los glaciales provocados por el cambio del clima no es un  hecho natural. A través de la concientización y el amor a la vida, el mundo podrá marchar a su ritmo. Sólo de esta manera, lo intangible se vuelve real y los deseos hechos. A última hora, el hombre se dará cuenta que no podrá comerse el dinero cuando le falte con qué alimentarse. O seguramente tendrá que buscar una manera de hacerlo cuando la Tierra ya no nos ofrezca más riquezas.

Por el momento, como diría John Lennon, “sólo soy un soñador… pero no soy el único”.

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