Aires tóxicos

Por Yanina Nemirovsky para Tinta Verde

Cuando Diana Iceruk tuvo que ir de urgencia al hospital porque Julia, su hija de 7 años, tenía un severo derrame en el ojo, no lo relacionó de inmediato con el glifosato. Diana y su familia vivían desde el 2006 en Cañuelas, una localidad que se ubica a 67 kilómetros de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Se mudaron allí en busca de un sitio tranquilo, alejado del bullicio de la capital y un poco más cercano a la naturaleza. Pero tres años después comprendieron que Cañuelas escondía un secreto del que no se hablaba ni en voz baja y que Diana llegó a desentrañar viviendo allí, respirando ese mismo aire tóxico que, lenta y silenciosamente, consumía las vidas y los destinos de sus habitantes.

El episodio del derrame ocular de Julia fue el puntapié inicial. Julia no fue la única afectada: otros niños y niñas también padecieron derrames, vómitos y picos de fiebre. Ese día, en el campo de soja que lindaba con la escuela, habían fumigado con agroquímicos. Algunas madres le comentaron a Diana que habían visto algo sobre los peligros de los agroquímicos en La Liga, un programa de televisión que conducía Matías Martin. “Investigá vos, que sos periodista”, le dijeron. Diana no era periodista pero sí tenía experiencia en medios y, más importante, estaba decidida a llegar al fondo de la cuestión.

mosquito

La localidad de Cañuelas está muy cerca del casco urbano de Gran Buenos Aires y, a la vez, está rodeada de campos en los que se siembra mayoritariamente trigo y soja y maíz transgénicos. Con cerca de sesenta mil habitantes, Cañuelas es aún “un pueblo chico”. La mayoría de la población trabaja en el sector agrícola o está vinculada a este de manera indirecta. Diana y su esposo, Daniel Zuk, ambos graduados en Realización de Cine y Video, eligieron ese lugar para realizar su sueño: crear un canal comunitario. Así fue como, en el 2007, nació el Canal 5 Cañuelas. Lo que entonces no sabían era que ese canal pronto sería el medio a través del que darían a conocer a la localidad y a la nación la que estaba por convertirse en la lucha de sus vidas.

La figura pequeña y delgada de Diana, de 53 años, contrasta con la firmeza de su voz. Tiene ojos azules y vivaces, una cabellera de rulos rubios y rebeldes, y una sonrisa franca que mantiene incluso cuando dice las palabras más duras. Y es que ella tiene muchas palabras duras que dice con la seguridad de quien tiene convicciones firmes y lleva mucho tiempo expresándolas. Mientras toma una enorme pastilla de color rosa acompañada de un trago de agua, Diana recuerda el vértigo de aquellos años en los que conoció el significado de una nueva palabra: glifosato.

La industria agrícola tras bambalinas

El uso de agroquímicos en Argentina, en especial del glifosato, está muy extendido. El glifosato es un herbicida creado en 1974 por Monsanto, una de las multinacionales productoras de agroquímicos y biotecnología más grandes del mundo. Es un herbicida no selectivo, es decir, que mata a todas las plantas sin distinción, y es uno de los más vendidos a lo largo y ancho del globo. Pese a su éxito comercial, el glifosato es objeto de fuertes polémicas en relación con sus efectos sobre la salud y el medio ambiente.

Hasta el 2015, la Organización Mundial de la Salud (OMS) no consideraba al glifosato como una sustancia peligrosa. Pero la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer encontró evidencia que lo vincula con el linfoma de no-Hodgkin (un tipo de cáncer en el que las células del sistema linfático crecen descontroladamente) y la OMS se vio obligada a cambiar su posición: actualmente lo considera un “probable carcinógeno”. Dentro del mapa de los agroquímicos en Argentina, el glifosato es una pieza importante pero no la única. Actualmente se utilizan muchas otras sustancias, como endosulfán, 2,4- D y atrazina, todas ellas seriamente cuestionadas por sus efectos nocivos sobre la salud.

El derrame en los ojos que sufrió Julia es uno de los síntomas típicos del envenenamiento con glifosato, que también puede provocar irritaciones dérmicas, náuseas, mareos y, en casos agudos, edema pulmonar, falla renal e incluso la muerte. Así lo afirma un estudio llevado a cabo por el Dr. Jorge Kaczewer, médico egresado de la Universidad de Buenos Aires (UBA), en su trabajo “Toxicología del glifosato, educación ambiental”. Fue entonces cuando, atando cabos, Diana pudo explicar el cáncer de colon de Daniel, que le habían extirpado quirúrgicamente el año anterior. Desde hacía dos años vivían frente a un campo de soja propiedad de uno de los productores y fumigadores más importantes de Cañuelas: Antonio Ferreyra Dos Santos. Y también ella estaba envenenándose silenciosamente: pronto le detectarían un hipotiroidismo crónico que la condenaría a tomar medicación de por vida.

Ni las enfermedades de sus vecinos ni tener un hijo con lupus (una enfermedad del sistema inmunitario) impidió que Antonio Ferreyra Dos Santos continuara fumigando sus campos, entre ellos el campo vecino de Diana. Cuando lo vio fumigando nuevamente, Diana cruzó corriendo hacia su terreno para detenerlo. “No se preocupe” fue su respuesta. “Esto no hace nada. Quédese tranquila que recién en febrero tiro el insecticida y ese sí es un poco más fuerte.” El insecticida al que hacía referencia el productor era endosulfán, una sustancia que el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) considera “altamente tóxica en forma aguda” y cuyo uso está totalmente prohibido desde el 2013.

Enfermedades puertas adentro

La historia de Diana y su familia se inserta en un contexto social y ambiental complejo en el que las enfermedades están tan extendidas como el silencio. Pero su historia está lejos de ser la única en Cañuelas. “La población de la zona sufre muchas enfermedades graves y a pesar de eso la gente tiene miedo de hablar”, cuenta Diana con un suspiro. Conoce el caso de la madre de una compañera de escuela de su hija, alrededor de cuya casa se plantaba soja transgénica, que para el 2012 tenía un cáncer de riñón avanzado. La directora de la escuela primaria a la que asistía su hija murió de cáncer. Su amiga Lorena tuvo cáncer de tiroides. La madre de Lorena, que vive en la localidad de Santa Anita, una zona muy fumigada, ha visto cómo el cáncer se ha cobrado la vida de muchos de sus vecinos.

Valeria Katzman tiene 35 años y linfoma de Hodgkin. Pero no solo eso: a los 14 fue diagnosticada con hipotiroidismo crónico y, como Diana Iceruk, también deberá tomar medicación por el resto de su vida. Valeria vive en Cañuelas desde hace 33 años, aunque recién hace 4 se mudó de forma permanente. Quería estar más cerca de la naturaleza, de los animales y de su huerta agroecológica.

En el 2013 se hizo unos estudios que evidenciaron el linfoma y su vida dio un vuelco. Pero antes de aquel diagnóstico, una de sus yeguas ya había muerto víctima de un carcinoma. Su perra también falleció, atacada por tumores mamarios. Su madre tuvo un fibroma en el útero, el cual le fue extirpado. Sus vecinas, que viven en un campo fumigado, tienen problemas de tiroides.

Valeria recuerda que en Cañuelas toda la vida se fumigó. Por eso no fue nada difícil relacionar su enfermedad con los agroquímicos, aunque ningún médico jamás se lo sugirió.

A raíz de su enfermedad, Valeria se unió al grupo de mujeres de Cañuelas que denuncian las fumigaciones clandestinas y así conoció a Diana y a un pequeño grupo de personas preocupadas por la situación ambiental y dispuestas a alzar la voz. Empezaron organizando festivales de música, conferencias de prensa y marchas. Repartían volantes en la calle. Hacían denuncias en la municipalidad. Trataban de hacer que las personas tomaran conciencia sobre lo que estaba ocurriendo en la comunidad; de generar una chispa que movilizara a la gente lo suficiente como para sumarse al reclamo. Pero la chispa no surgía. “En los pueblos chicos todo el mundo se conoce”, explica Diana con una sonrisa resignada. “Vos tomás café todas las mañanas con el tipo que fumiga. Le vendés galletitas. Sus hijos son compañeros de tus hijos en la escuela. Además, los productores generan puestos de trabajo para muchas personas en la comunidad”.

La ordenanza histórica

La mayoría de los vecinos de Cañuelas está directamente expuesta a los agroquímicos. En el centro de la ciudad están los famosos silos de la empresa Molino Cañuelas, unos monstruos de hormigón que ventean sus cereales fumigados directamente sobre la ciudad. Los countries y los campos de polo remueven la maleza con glifosato. Todos los productores de Cañuelas fumigan sus campos con agroquímicos. Y al hacerlo, también fumigan terrenos vecinos, casas, plazas, escuelas. En la escuela Silos de Cañuelas, los niños y las niñas han tenido que ser evacuados numerosas veces porque el campo vecino estaba siendo fumigado. Es imposible escapar del veneno. Está por todas partes.

Con grandes esfuerzos y mucha insistencia, el pequeño grupo de vecinos y vecinas de Cañuelas logró ver los primeros resultados de su lucha. La ordenanza 2671/10 se sancionó en julio del 2010 con el objetivo de regular el uso de agroquímicos, otorgando un resguardo de 20 cuadras con respecto a las zonas urbanas y de 200 metros a las escuelas. Además, prohibía las fumigaciones aéreas y contemplaba la promoción de prácticas agroecológicas para comenzar a sustituir los campos fumigados. Esta ordenanza fue la primera en la provincia de Buenos Aires y fue tomada como ejemplo en otras localidades igualmente contaminadas.

Dos años más tarde, en el 2012, Diana comenzó a producir una serie llamada “Cuidemos nuestra casa”, junto con Miriam Miguenz, la directora de la escuela secundaria de su hija. La serie de ocho programas fue financiada por el INCAA y transmitida por el Canal 5 Cañuelas, y exponía las problemáticas sociales y ambientales causadas por los agroquímicos. “En el medio de todo esto, al año siguiente de hacer los programas, me llegó a mí la enfermedad. Me detectaron disrupciones endocrinas y me sacaron una glándula paratiroides”.

Ser más

Pese a ser una cuestión de salud pública, en los hospitales de Cañuelas no se habla del glifosato. Ningún médico le preguntó a Valeria dónde vivía ni bajo qué condiciones, qué comía, ni siquiera sus antecedentes familiares. Ella siempre supo que su enfermedad estaba ligada a los agroquímicos, pero ningún médico se lo dijo.

Diana sabe la razón por la que predomina el silencio. Cuando pidió la historia clínica de su hija en el Hospital Italiano, solicitó que consignaran que la causa del derrame había sido la exposición directa al glifosato. “No, señora, ya le digo que eso no lo van a poner”, le respondió una secretaria del hospital. Y así fue: en la historia clínica de Julia figuran todos sus síntomas pero nada se dice de las causas. “Hay casos de intoxicaciones y enfermedades por todas partes, lo que pasa es que no se investiga porque no quieren que salga la realidad a la luz”, dice Diana con su voz franca y siempre firme.

“A pesar de que la ordenanza fue un paso importante, la realidad no cambió demasiado. En Cañuelas se sigue fumigando con glifosato y con otras sustancias prohibidas”. Diana habla con frustración y con impotencia, porque en un mal día siente que toda esa lucha fue en vano, porque los agroquímicos se siguen usando, porque la gente continúa enfermándose y la situación permanece oculta. Porque Cañuelas no se moviliza. “Cuando empezamos éramos menos de 15 personas y logramos que saliera una ordenanza. ¿Te imaginás si todo Cañuelas saliera a la calle? A eso le temen verdaderamente los políticos. A que se escuche la voz del pueblo”.

¿Y cómo vive su vida ahora? ¿Cómo vive su enfermedad? “Con bronca. Y con mucho dolor. La gente en Cañuelas está sola con su enfermedad. Pero a veces, cuando paso por la escuela de mi hija y veo que en el campo vecino cortaron el pasto con bordadora, pienso que por lo menos algo, por más pequeño que sea, cambió. Nosotros luchamos para que no haya fumigaciones a menos de 20 cuadras de las áreas pobladas y hoy día ni eso tenemos. Queremos que se le dé una oportunidad a la producción agroecológica, que está siendo implementada en muchos lugares con excelentes resultados. Queremos que se cumplan las leyes. Porque están las leyes, están los estudios, están las alternativas para que podamos construir una comunidad limpia y segura. Lo único que nos falta es ser más”.

Monte Maíz, un caso testigo

En octubre del 2014 se realizó una evaluación de la situación sanitaria y ambiental en la ciudad de Monte Maíz, en la provincia de Córdoba. Monte Maíz es una ciudad agrícola con un alto nivel de contaminación por agroquímicos. Sus principales cultivos son la soja y el maíz transgénicos y el trigo. Los habitantes, preocupados por la gran cantidad de personas con enfermedades graves, pidieron que se realizara un estudio sobre las condiciones medioambientales de la localidad. El estudio fue llevado a cabo por un equipo de investigadores de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) y de la Universidad de La Plata (UNLP), coordinado por el Dr. Medardo Ávila Vázquez, docente de la UNC.

El informe reveló que los problemas respiratorios afectan a casi la mitad de la población y que los abortos espontáneos triplican la media nacional. La tasa de malformaciones congénitas duplica la tasa nacional y el cáncer es la principal causa de muerte. En palabras del propio informe: “Monte Maíz muestra un aumento de afecciones graves como neumopatías, cáncer, abortos, malformaciones congénitas, hipotiroidismo y colagenopatías para las que existen fuertes indicios de que se desencadenan y/o acentúan en el contexto de intensa contaminación con plaguicidas que refiere este estudio ambiental”. El caso de Monte Maíz es representativo de lo que ocurre en muchas otras localidades rurales en Argentina y revela la problemática de las comunidades que, inmersas en el corazón del campo, pagan con sus propios cuerpos el costo social del modelo agrario actual.

 

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